PSICOLOGÍA INFANTOJUVENIL

Nuestros hijos son lo que más queremos en este mundo. Por eso nos cuesta mucho verles sufrir. Hay sufrimientos “estructurantes”, es decir, necesarios para ayudarlos a crecer y desarrollar recursos propios para enfrentarse con los dilemas de la vida. Y por ello inevitables.

Pero hay otro tipo de sufrimiento: el innecesario, el desmesurado, exagerado o incomprensible. Algunas veces nuestros niños sufren sin saber por qué, otras veces sufren de una manera que nos parece excesiva. Otras veces no es tan fácil detectar el malestar de los más pequeños. Puede ser cuando un niño no se muestra angustiado ni triste pero está a menudo enfadado, o por ejemplo cuando produce algún síntoma (trastornos del sueño o la alimentación, enuresis, dermatitis, etc).

A menudo a los adultos el mundo interior de los niños nos resulta desconocido e incomprensible, no alcanzamos a entender por qué sufren y pensamos que por el hecho de ser niños tienen que ser felices, que los niños no tienen problemas. Sin embargo a los niños les pasan muchas cosas y la infancia es una etapa en la que las emociones se viven de una manera muy intensa.

Los niños sufren cuando no se sienten aceptados, queridos o valorados, cuando se encuentran con sus limitaciones en la escuela, cuando se comparan con los hermanos o amigos, cuando se sienten relegados ante la llegada de un hermano…

Las cifras acerca del diagnóstico de Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad son alarmantes en nuestros días. Muchos profesionales entendemos que hay un sobrediagnóstico y un exceso de medicalización de un cuadro que en muchas ocasiones tiene que ver con características del niño y su historia familiar o incluso del centro escolar. En CALMA partimos de una buena valoración psicodinámica de cara a plantear un trabajo psicoterapéutico que aborde estos factores emocionales con el objetivo de remitir la sintomatología pero sin poner el foco exclusivamente en la falta de atención o hiperactividad. Es importante poder entender qué está impidiendo al niño sentirse tranquilo, o qué le hace necesitar evadirse a cada momento.

La comida es en un primer momento para el bebé algo necesario para su supervivencia pero también supone un vehículo de comunicación con su madre o figura que lo alimenta. Así, en los primeros meses o años de vida, nos encontramos con frecuencia que diferentes sufrimientos emocionales encuentran una vía de expresión a través de la alimentación (el bebé se niega a comer, regurgita con frecuencia…) Y por ello, una vez descartados motivos médicos, es importante plantearnos una valoración psicológica especializada (Psicólogo Perinatal o Infantil) de cara a analizar qué puede estar pasando a ese bebé o niño.


Al igual que planteamos con la alimentación, los Trastornos del Sueño pueden ser la expresión del malestar emocional del niño o bebé. Los más típicos son:

Hipersomnia: el bebé duerme más de lo habitual para su edad
Insomnio: el bebé o niño duerme mucho menos de lo habitual para su edad y de esta manera se muestra cansado o irritable la mayor parte del tiempo
Pesadillas o terrores nocturnos: ya en niños algo más mayores. Son algo normal en algunos momentos (inicio guardería, nace un hermano…) o a determinadas edades pero si persisten en el tiempo o causan malestar significativo quizá sea oportuno consultar con el especialista.

Si bien es cierto que cada niño tiene su carácter y los hay más joviales y expresivos o bien más tranquilos, serios o difíciles de contentar; es importante decir que en ocasiones un niño deprimido pasa desapercibido. Porque muchas veces nos fijamos más en los niños movidos, que “dan guerra” pero no en los niños tranquilos, callados, “buenos”, que cumplen con las normas. A veces un niño que no se “queja” pero que vemos triste  puede estar expresando que necesita ayuda sin saber pedirla. También pueden ser niños que están siempre enfadados o de mal humor, lo cual en la mayoría de las ocasiones esconde detrás un intenso sufrimiento.

Es frecuente escuchar a los padres su preocupación por cómo se relaciona su hijo. A menudo, sobre todo cuando son más pequeños tememos que otros niños puedan hacerles daño y no sepan defenderse, o lo contrario, que no sepan manejar su agresividad cuando se les lleva la contraria o no consiguen lo que quieren. Aprendemos a relacionarnos a través de la experiencia y con el paso del tiempo, pero en ocasiones observamos que nuestros pequeños sufren y no sabemos cómo ayudarles. Si en el centro escolar nos dicen, o nosotros directamente observamos que nuestro hijo puede estar teniendo dificultades para relacionarse con sus iguales, es el momento de consultar con un especialista para que nos oriente y nos ayude a entender lo que le puede estar pasando a nuestro hijo.

Si bien es un tema manido y que los adultos suponemos como normales sobre todo entre hermanos. Es uno de los puntos fundamentales de sufrimiento infantil. En función de la edad de los niños lo van a poder expresar de un modo u otro.

    adolescente

…”Quiéreme cuando menos lo merezca, será cuando más lo necesite”


Adolescencia, esa etapa tan temida por los padres y aparentemente deseada por los chicos y chicas que quieren adentrarse en el mundo adulto.

Y es que comienza un tiempo en el que todo parece desconocido, los padres desconcertados a menudo dicen no reconocer a sus hijos y  ellos piden incansablemente distancia, espacio, autonomía y libertad a la vez que actúan propiciando justo lo contrario: nuestro control y preocupación constante.

Nuestros hijos se sienten incomprendidos, y es que a menudo  son ellos mismos los que no entienden muchas de las cosas que les están pasando. Un gran cambio en sus físicos  suele llegar acompañando la iniciación a la vida sexual, todo alrededor se convierte en expectativas y exigencias: ser aceptado, demostrar nuestras aptitudes, no defraudar ni a padres ni a amigos, saber comportarse como un adulto cuando uno se sigue sintiendo como un niño… Y es que puede parecer que en la adolescencia un chico se la juega a “todo o nada”: su identidad, su futuro, sus estudios, su pertenencia a un grupo, sus amigos, sus relaciones sentimentales… Y en este proceso, los padres a veces no sabemos cómo acompañarles.

Es importante saber que es una etapa difícil, tanto para nosotros como para ellos, que nos van a necesitar muy cerca, pero a la vez “desde la barrera”, aportándoles seguridad, amor, respetando sus espacios, su intimidad, su individualidad, sus decisiones…

Muchos pueden ser los problemas asociados a esta etapa que estén expresando el sufrimiento de nuestros hijos: inhibición social, conductas impulsivas, agresividad, adicciones, fracaso escolar, trastornos de alimentación, ansiedad…

Y es entonces, llegados a este punto en el que observamos que ya no es “una cosa de la edad” y que nuestro hijo está sufriendo de un modo sostenido en el tiempo mientras  sentimos que  ya no le podemos ayudar nosotros solos, cuando quizá sea necesario recurrir a  un especialista que pueda valorar la necesidad de ayuda profesional.